Ser, Estar y Transfiguración

 

Tenemos una cierta… –“cierta”- consciencia de ser; y, a través de ella, nos reconocemos, nos identificamos, nos mostramos.

El estar… ya constituye un paso a través de la consciencia, de un hacer, de un testimoniar, de un cooperar, de un compartir…

Pareciera que ser es un criterio de espiritualidad ligado con la Creación, específicamente; y estar es la consecuencia de nuestro tránsito por este lugar del Universo, y está ligado con la animación –el ánima, el ánimo, el alma, lo que ama-.

Pareciera que el ser… es la consciencia de sentirse amado, y el estar es la posibilidad de hacerlo, de expresarlo, ¡de proyectar!... de ejercitarse en ese “sentirse amado”, amando a los demás.

Pareciera que son dos, pero en realidad es uno solo… –mostrado en diferentes momentos-. Pareciera que es diferente, pero el ejercicio de vivir, el ejercicio de existir… se hace en base a “el amar”; que, quizás, la mayoría de las veces se desconoce en el ser y se intuye en el estar.

 

El sentido orante de hoy, hacia esta semana, se expresa en este presente del ser y del estar, como un recuerdo permanente de nuestra consciencia y de nuestra presencia: de nuestra consciencia espiritual y de nuestra presencia conformada.

 

En la medida en que, con nuestra conformidad presencial, sintonizamos con nuestra consciencia espiritual, hacemos de nuestro tránsito una vivencia inmortal, una acción ilimitada, unas posibilidades sin cortapisas. Hay que fijarse en todo lo que supone el incorporar este criterio, ante la presencia habitual de la vida conformada; que se conforma –nunca mejor dicho- en una forma, y se conforma con límites, con opciones, con recursos… todos ellos contados, restrictivos, alienados, alineados, alterados, manejados y manipulados.

Si –en cambio- mi consciencia del “ser espiritual” está insertada a mi presencia de “ser conformado, animado”, mi ánimo, mi humor, mi atención… no tendrán lugar para ser alterados, ya que disponen de la consciencia espiritual y  de la presencia animosa de nuestra ánima, que nos dota de recursos indefinidos. Indefinidos, no en cuanto a que están desconocidos –¡no, no!-; en cuanto a que no se agotan; en cuanto a que están disponibles.

Y esto ocurre en la medida en que lo creo; esto ocurre en la medida en que me oriento en este ser y estar.

En cambio, en la medida en que –habitualmente- el estar secuestra, olvida, deja, desdeña a el ser, y la consciencia se vuelve una escava de el estar, en esa medida el penar es continuado; el penar es obcecado; el penar es desesperado; el penar es… ¡perpetuo!

 

Si en el estar nos sentimos presencia, promesa, propuesta, pro-vida –porque es ahí donde se muestra lo conformado-, el concepto de tránsito adquiere una dimensión de un ir, de un seguir, de un proseguir… en las muy diferentes formas, siendo, ésta que “medio conocemos”, una de las formas del estar, que precisa ¡multitud de factores para progresar!; que, por su absoluta dependencia del medio, si quiere realizar un tránsito “exitoso” –llamémoslo así- necesita configurarse en base a su ser.

Y, así, al conformarse, se configura, se transfigura, y no queda solamente conformado, expresado y realizado, prometido y comprometido, sino que, además, está configurado con silueta de… del vapor –por poner una imagen- de una transfiguración constante; permanente.

Si a mi consciencia de ser –además de tener mi constancia de estar- le añado “mi silueta transfigurada”, como un tercer elemento, estaré en una disposición de transitar de manera fluida, continua, permanente, indefinida.

 

Fíjense que, en diferentes experiencias que se relatan en religiones y en vivencias chamánicas, lo transfigurado ocupa un papel significativo.

¿Por qué?

Porque es esa expresión –desde el estar- que podemos animar para que se exprese y nos conecte, nos funda, entre ese ser y ese estar; entre esa espiritualidad; entre ese ánimo. Por ello, en las historias… –véase, por ejemplo, el Cristo-, la transfiguración ocupa un papel importantísimo en la presencia de la vida; en “el estar viviente”. Tanto si haya ocurrido el paso de la llamada “muerte”, o no.

Nuestro ser transfigurado se muestra en sus expresiones de los sueños. Son las imágenes de los sueños las que nos advierten –como pasó durante civilizaciones y civilizaciones- de las decisiones y las orientaciones que debíamos tener. Luego, cayó en el olvidó y se convirtió en una especie de “ciencia psicoanalítica” que explicaba nuestra presencia –o, al menos, justificaba nuestra actuación-.

No por ello falta de mérito, pero… se la desconectó de su verdadera posición.

Por ello, la oración nos hace especial hincapié, hoy, en ¡configurarnos en lo transfigurado!

¡Y es justamente lo que nos permitirá renovarnos!, ¡reactivarnos!, ¡remarcarnos!... y hacer que nuestras propuestas de vida, nuestras propuestas del estar y del ser tengan esa configuración transfigurada de un ser conformado…  pero que, a la vez, se sabe que “es”, por su consciencia de ser amado.

“Se sabe que“es”, por su consciencia de “ser amado””.

 

¡Actuemos!, en consecuencia, en esas secuencias inagotables que suponen esos tres estadíos: el ser, en su consciencia; el estar, en su presencia… y el “configurarse”, en su transparencia, transfigurándose para mantener, a ese ser y estar, en una unidad de universo.

Hacerse “unidad de universo” que transita en la Creación. ¡En la Creación! No confundir “la Creación” con “universo”. La Creación gesta universos –entre otras cosas-

Una unidad de universo que transita por la Creación. Eso realmente somos cuando nos descubrimos, a través del sentido orante, en esas tres perspectivas: consciente, consistente y transfigurado.

 

Guarden en cofre precioso estos misterios, para sentirlos como compromiso, y para transmitirlos… como vivencias.

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